jueves, 19 de noviembre de 2009

…Y la pelota roja se me perdió.

De eso ya hace mucho tiempo. No sé si te acuerdes. Pero me quedó ese recuerdo. Después de eso no volví a mirar igual muchas cosas. Las líneas se volvieron curvas y en los ojos comencé a notar la circunferencia del iris. Y ahí empezó todo.
Todo lo primitivo es redondo. Ahí tienes la Tierra, los ojos y las burbujas. Pero también a la razón, la vida y la muerte y a la mujer. Me quedó muy claro entonces.
Yo tenía ocho años. Date cuenta. Ocho. Dos círculos. Como predestinado. El parque aquel, ora ya no tan cuidado como aquellos ayeres, pero parecía un interminable campo de árboles, tierra y pelotas. Cerca del solar, los muchachos y yo en las primeras tardes en nos conocíamos y jugábamos a tener doce años. Entonces los sabedores de todo.
Pero a cualquiera de ellos se les hubieran caído las pelotas si hubieran visto lo que yo. Solito me lo tragué.
Mi hermosa pelota roja. Relumbrante ante el sol. Como una cereza para jugar. Luego unas manos toscas, la de Pedro, ese que terminó de mecánico; la tomó y dijo: “¡Si la traes, es para jugar!” Y pos allá vamos toda la palomilla. Sí, nos divertimos. Hasta que el muy tarugo de Pedro la voló. “Ve, tú. Es tu pelota”. Ora si me pelota ¿no? Y caminé dentro de unos árboles.
Y ahí estaba la pelota, detrás de un arbusto, sonriéndome. Recuerdo que todavía hasta voltee hacia los muchachos. Ellos se acercaron a comprar unas congeladas. Lo que les interesaba era mi pelota. Y cuando dirigí mi mirada hacia la pelota ¡charros! Ya no estaba.
Me la volaron, dije. Crucé rápido el arbusto y vi suspendida mi pelota en las manos de esa niña. Una niña morena de redondos ojos negros. Su cabello caía ondulado, como serpientes también niñas.
El cuerpo rubicundo de mi pelota no fue nada en comparación a la sonrisa de la niña. Quién diría que fuera más significativa una curva del tamaño de un paréntesis, que el cúmulo de curvas que compone todo círculo.
Pues lo fue más.
Yo no supe entonces cómo pedírsela. O si pedírsela. Por la forma en que miró creí que ella era la verdadera dueña. Y es que su sonrisa iba más allá de quitarme mi pelota (después lo entendí). Quería quitarme otra redondez. Eso era mi corazón.
Se llevó un dedo a la boca y restregó la punta de su zapata negro en el pasto. Tenía que hacer algo. Entonces la pedí muy nerviosa. “¿Me la das? Por favor” Hazme el favor. Así la pedí.
Se puso roja cuando me dio la pelota. Más roja que el dichoso juguete. Y me retiré dando las gracias.
Fue cuando pasó.
Me dijo: “Psss, psss”. ¿Por qué voltee? En verdad me lo pregunto y siempre contesto que lo haría de nuevo. Mil veces. Con pelota o sin ella. Se levantó la falda.
¡Chómpiras! Unos calzones más rojos que mi pelota y que su dizque carita. Y se fue corriendo. Escuché su risa.
Ya nomás regresé la pelota a los pies de los muchachos. Pero yo seguía viendo a esa niña en todas partes. En el vientre rojo de la nubes y en las cerezas del pastel.
Y cuando vi que las líneas rectas de tus piernas de niña se convirtieron en las redondeces que yo adoro, supe que la pelota me llevó a ti. ¿O a poco te acuerdas de mi pelota roja, viejita?
—No, viejito. Me acuerdo de tus ojos desde toda la vida.

2 comentarios:

  1. Hola qué tal, mi nombre es Franck su blog me parece muy bueno, de un contenido interesante y un buen diseño, por este motivo me gustaría mucho agregar tu web a mis 2 directorios. Si lo deseas no dudes en escribirme.

    Saludos y éxitos
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  2. COYOTE:
    ¡DR. me ha fascinado el cuento y tu óptica del mundo....!Espero que te encuentres con éstas lineas pronto.Un abrazo cariñoso desde la Argentina!!!!
    ¡Feliz y exitoso 2010!!!

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